El conflicto emocional

Una vez que hemos considerado la naturaleza e importancia de los sentimientos y emociones en nuestras vidas, habría que plantearse el efecto de tienen en nuestro diario vivir.

Sus efectos podrían dividirse, en apariencia, en positivos y negativos. Y digo en apariencia porque como ya tendremos oportunidad de comprobar más adelante, no siempre aquello que definimos como «positivo» en nuestra vida acaba mostrándose como tal. Sea como fuere el mayor problema se nos presenta con aquellos sentimientos que hemos catalogado como «negativos», ya que son los que parecen provocarnos sentimientos más conflictivos.

Vamos a pararnos un momento en considerar detenidamente cual es la presunta «negatividad» de esos sentimientos, algo que habitualmente no solemos hacer. Esta clasificación, si lo pensáis, proviene únicamente del hecho de que estos sentimientos me provocan efectos físicos desagradables. Pero como ya vimos en la entrada anterior que los sentimientos no son otra cosa que la expresión física de un pensamiento, más que en el síntoma, vamos a tratar de concentrarnos en qué ocurre en la mente para que «sintamos» esa clase de efectos.

Pues bien, lo que ocurre en mi mente que da origen a esa clase de sentimientos es lo que llamamos el «conflicto emocional«. El conflicto emocional surge cuando lo que nosotros interpretamos de la realidad que nos rodea no va de conformidad con lo que pensamos que debería ser. Podríamos poner muchos ejemplos. Si estamos en una reunión y en ella se presenta una persona que me desagrada profundamente, mi mente empieza a generar pensamientos del tipo «porqué ha tenido que venir esta persona…. seguro que ahora lo estropea todo». Lo que veo que ocurre entra en conflicto con lo que pienso que debería ocurrir, que no es otra cosa sino que esa persona está de sobra en esa reunión.

Ese choque de ideas entre lo que ocurre y lo que pienso que debería ocurrir es lo que provoca la reacción física a la que llamamos «sentimiento» o «emoción» dependiendo de su intensidad. Hasta ahora, la única solución que veíamos para solventar una situación como esta era del tipo escape («me voy de aquí»), queja («¿porqué nadie me dijo que iba a venir éste?), o resistencia («tendré que quedarme pero voy a evitarlo a toda costa»). Por experiencia ya sabemos el resultado de cualquiera de estas decisiones: un profundo y cada vez más intenso sentimiento de disgusto.

En este sentido, nuestros esfuerzos siempre han estado dirigidos a tratar de cambiar la realidad externa. Cambiamos de trabajo, de lugar de residencia, de universidad, de grupo de amigos, etc.., con la confianza de que la próxima vez quizás tengamos un poco más de suerte, cosa que en raras ocasiones suele ocurrir. Pero, ¿porqué nunca nos hemos planteado cambiar nuestra forma de interpretar las cosas? Porque esa sería otra manera de arreglar las cosas. A nuestro alrededor vemos a muchas personas que no se sienten molestas con lo que a nosotros nos afecta. ¿Eso porqué? Indudablemente es porque ellos interpretan de una manera distinta a la mía. Si pudiera llegar a ver ciertas cosas como ellos también las ven, ¿no dejarían de ser esos asuntos conflictivos para mí?

Ese parece ser un sendero que nunca nos habíamos planteado, pero que sin duda constituye una vía de solución.

Pero de eso hablaremos la próxima semana.

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